Marina-me-Abrumo-vic

Hace ya casi diez años que obligada me mandaron por primera vez a Chicago. No se me pasó la tontería hasta que en un partido de los Bulls, un pedazo tiarrón negro me echó -por la cara- un rap en el que introdujo las palabras ‘Basque Country’ y ‘Freedom’. Ni re-pajolera de como quedó el marcador. La mandíbula me sigue crujiendo de aquella desencajada. Por cierto, si alguien se anima a comprar una camiseta de la NBA al otro lado del globo, que sepa que de una XL y probablemente de una L de chico, saca tela para la propia camiseta, el pantalón y sobra para hacerse una coqueta cinta retira flequillo o coletero -si tenéis goma-.
Anyway al turrón; la última vez que pisé los Estates fué en 2010. Esta vez aterricé en el JFK, de allí en death cab hasta un edificio antiguo del mismo patrón que utilizaron los yankees para reconstruir media Alemania ubicado en el Lower East Side (Manhattan). Patio interior, grandes ventanas con cristales para hacer pesas, escaleras estrechas y una aventura en cada sonido de sirena que te taladra la oreja y piensas ‘¿Cabrapasao?’ A la vuelta una cafetería con unos baggels para cerrar los ojos y llorar de placer y un café que te espabila a hostias cafeínicas. A esa pócima o te aclimatas o te aclimueres. Lo de la leche en cápsulas jamás lo entenderé. Muy cerca el pub irlandés más antiguo de la ciudad dónde las rubias y negras van a pares -ley de la casa- aunque raramente ven féminas. Yo lo que tenía ganas de ver era el MoMa, pese a ser analfabeta profunda de la más alta categoría en arte. No podía pasar de Marina Abramovic, y menos con la vena sensible que me traía tras haber estado meses antes visitando los países que conformaban la antigua Yugoslavia. Con un carnet universitario cuya foto era de cuando Israel era parte de Egipto –let’s my people go– prácticamente entré por la patilla.

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Es pestascular. Había una restrospectiva de Tim Burton; un sinfín de maquetas, personajes y cachivaches de cartón piedra. Dibujos, storyboards y trajes: el jersey de angora de Ed Wood, el mono de cuero y garras de Edward Scissorhands etc. A juzgar por el tamaño de ambos trajes, Johnny Depp ha de ser varón de no más de 1,70m y talla M de camiseta. Estaba hasta Batman, cosa que no se merecía y que tampoco nos merecimos nosotros. De allí a los oil on canvas. Loca por ver ‘la noche estrellada’ de Van Gogh -el rey del plastón sin orejón-. Había contemplado la gran mayoría de su obra en Amsterdam pero faltaba mi muy más favorito cuadro. Y allí, en Nueva York en la parte izquierda de una enorme sala blanca estábamos los dos. Me acerqué lentamente mientras hacía un travelling mental con zoom sincopado hasta que lo ví en primer plano. Allí plantada memorizando trazos, recolocándome las gafas y moviéndome en un eje de 180º atendiendo a la clásica ‘pose de museo’ o echándome el moco mientras mis neuronas chillaban: ‘Qué guatxi‘. En la cara una sonrisa llena de ilusión, de esos gestos que acaban haciéndote daño y que no quité durante todo el recorrido.
Demasiado largo y poco interesante sería pajear todo lo que retraté en las retinas. Únicamente apuntar que aquello incesablemente me hacía rebobinar hasta aquellas clases de ‘Irudi’ en primero que nos daba Andrés Gostín y que por ello entendí -por fin- que una fotografía si bien responde a una representación gráfica de algo físico que hará perdurar en la memoria tantas veces como sea mentalmente recuperada, no es más que un mecanismo de olvido para el contexto del que es extraída. Por eso no saqué ni una instantánea de Marina Abramovic. -Y además te daban pa’l pelo los gorilas.-
Unos años atrás, en Viena, quedé totalmente fascinada con la fuerza e impertinencia desafiante del retrato Judith I de Gustav Klimt. Esa mirada tan femenina, tan poderosa, tan pintada. Me produjo un cosquilleo obsesivo que me empujó a engullir información acerca del autor, la época, las circunstancias físicas en torno al lienzo, el mito y demás familia. By the way, el biopic de Klimt es caca. Algo parecido pero menos intenso me ocurrió frente al busto de Nefertiti en Berlin. Un bellezón que me dió susto con un ojo pocho y metida en un cilindro al que no podía dejar de mirar.

Pues bien, Marina Abramovic destronó ambas sensaciones sin levantarse de la silla.
Era marzo y se hallaba en la primera fase de su performance, por lo que conservaba la mesa tras la que cualquiera que guardara cola desde la madrugada podía sentarse. El vestido aquel día era rojo. Me senté tras la línea marcada en el suelo, en paralelo y a la derecha de Abramovic. Envolvente, magnético, arrollador, hipnotizante; en aquel acto se percibía una energía desbordante. Era algo de una fuerza interior extremadamente soberbia Un esquema obsesivo y tan brillante como egocéntrico. Y es que allí ya se percibía y tras ver ‘The Artist is Present’ no me queda ni un ápice de duda: Marina Abramovic está encantada de conocerse. Me hubiera marchado tan pronto como la postura en el suelo se me hizo incómoda, pero era incapaz de mover un pie. Allí plantada durante casi dos horas. Desfilaba gente por allí a mansalva; algunos reían, otros lloraban, nunca quienes pareciese que ni se inmutaban. Jamás. Allí se construía un diálogo ocular capaz de cumplir con éxito el proceso comunicativo. Con doble sentido circulaban mensajes visuales y kinestésicos, pero sobre todo los segundos. No es simplemente que a diferencia de una obra plástica, una perfomance pueda recibirse a través de todos los sentidos al mismo tiempo. No. Es que Marina Abramovic con aquel ejercicio invitaba a gestionar la percepción de la información por las tres vías tradicionales al mismo tiempo, es decir; visual, auditiva y kinestésica. Con lo cual y debido a que cada individuo tal y como decide en su desarrollo anterior a los 5 años, percibe la información del exterior con más intensidad por una de esas tres vías, la impresión de tan simple acto distaba enormemente en reacciones.

Me surgieron algunas dudas que hoy en día continúan apalancadas en algún cajón cerebral. No entendí dónde empezaba la performance, es decir, qué abarcaba la artista-creadora utilizando su cuerpo para al arte y dónde empezaba y acababa la mujer, la fama, ella ídolo siendo venerada y alimentándose de admiración en un baño de egolatría. También me llamó la atención el hecho de utilizar el amor como sustento para crear; en este caso se alimentaba del público pero anteriormente lo hacían recíprocamente su pareja Ulay y ella. Cuándo me aburrí salí de allí hacía el Bowery dónde me plantaron una Blue Ribbon de 3$ en la mano. Entre sintetizadores y focos debía de tener tal cara de satisfacción que me arrojaban perlas del palo de: ‘¡Tú has pillao!’. Única fuente de alegría e inspiración, parece ser. En general, tanto entonces como ahora básicamente recuerdo que en el MoMa fui una persona flipando y extremadamente feliz.

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1 comment
  1. xme said:

    ze pena pelikulan ez agertzea.

Utzi erantzun bat

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